Cartilla de la cotidianidad

Por Lorena Medina

Curioso e impaciente por conocer las letras que me rodean, me decido a aprender a leer, contra viento y marea, aunque no tengo libros, los rótulos luminosos, los periódicos gastados  y  los tickets de camioneta y uno que otro bote con etiqueta hoy me han enseñado a silabear.

Mis maestros son los músicos de la calle y los lustradores, no sé de cuentos y hazañas de calabozos y dragones, pero en medio del tráfico conocí a un montón de señores que lanzan llamas a borbotones; he visto princesas que desfilan en trajes de luces y de gran esplendor, esperando por un Tenorio, por un Quijote,  o por quien les compre un poco de amor.

Nunca me quisieron llevar a la escuela, “estudiar pa’ nada sirve patojo, mejor aprenda a trabajar”, siempre lo mismo, vendiendo chicles, acompañando de un lado a otro a mi mamá.

Cuando subo a las camionetas miro como llevan los niños sus mochilas, llenas de libros, lápices y crayones ¿Cómo será tener tanto? ¿Cómo será leer un libro, ir temprano a la escuela, que te besen y te abracen, ha de ser bien bonito, ¿Qué se sentirá? Mejor me apuro porque si no mis chicles nadie los comprará…Y cuando vuelva a mi casa la paleta y el cincho, me van a esperar.

De regreso, cruzando por la equina del callejón, vi  un volcán de basura, que alguien dejó por allí. Me detuve por un momento y noté que algo entre el polvo asomaba; revisé en seguida y sus colores brillantes al fin descubrí,  un mundo llenos de héroes e historias, de  animales que hablan,  del amor, del bien y la amistad.  Era como un mar inmenso de letras, que  desbordaban aventuras y fantasías y tantas cosas que a mí me quisieron contar. ¡Un  libro, al fin tengo uno en mis manos! Tan bonito como aquellos que he visto solo del otro lado del cristal, como aquellos que llevan los niños, cuando felices van a estudiar.

Desde entonces tengo la dicha de contar con un amigo sin igual; él finalmente fue quien me enseñó a leer. Me acompaña a todas partes, debajo de la lluvia y cuando regreso cansado y me voy a acostar, es mi fiel compañía desde que comienzo a repasarlo hasta que me quedo dormido después de mucho cabecear. Es el amigo que me escucha y me habla, me cuenta sus secretos, me hace reír y alguna que otra vez, también me ha visto llorar…

Cortesía de Ciprodeni

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